Me encanta ir a la Feria de Mataderos.
Cuando viajo trato de reservarme MI pedazo de domingo para poder recorrer la feria.
Tal vez sea ese clima de artesanos que me resulta familiar, que me hace sentir como-en-casa y me recuerda haciendo cajitas de cáscara de naranja y tejiendo junto a LA Yoli hace tantos siglos, pintando azulejos, cosiendo muñecas de trapo, en otra época... A las caminatas con Mirtelius por Plaza Francia... A Arthur, por ejemplo, capaz de pintar y capturar imágenes de un modo tan bello, a Orne pintando y decorando sus producciones en Rosario, a Claudia dando vida a sus piedras en Santiago, a Silvana en los días de Recoleta, a Marina con las cosas increibles que es capaz de crear, o a Carlos, con sus sahumerios, que nos acompañan hoy en Neuquen...
Respiro aire de cielo y ME respiro en el tiempo y vuelo a Ana María que nació artesana... Y me siento feliz y plena, orgullosa de esta maravilla de coordinación de cabeza-manos-corazón-creatividad-inspiración-laburo-belleza...
Pero Mataderos no sólo es para mí esta Feria...
Cuando era chica, ahí nomás, muy tempranito salíamos con la nonna (la mamma) a recorrer los puestos... Colores y rumores que llevo impresos, de feriantes ofreciendo sus mercaderías, olores que impregnan los recuerdos... Frutas maduras, cebolla, albahaca...
Quería unas rosquitas muy pintonas que nunca conseguí que me compraran, porque las tocaban con las mismas manos que tocaban la plata... La verdura y la fruta era otra historia, se lavaban en casa, no había problema...
Esos delantales blancos, los cajones...
La señora que vendía las plantas... (Siempre se podía comprar alguna macetita..). El sol. El sol coronando esas cabezas agitadas... Las bolsas de colores, los pregones, la gente apretada y ese mirar el piso entretenida en los pasos, como mantras...
